Por: Luisana Lora Perelló
Durante 13 años ejerciendo el periodismo en Peravia he escuchado una palabra repetirse con una persistencia que ya debería incomodarnos cada vez que hablamos del turismo de nuestra provincia: potencial. La he oído en entrevistas, discursos, foros, encuentros institucionales y conversaciones sobre el futuro que queremos construir. La hemos convertido en descripción, promesa y, en ocasiones, hasta en consuelo.
Y no se trata de negar lo evidente. Potencial tenemos, quizás demasiado para continuar utilizándolo como explicación de lo que todavía no hemos logrado.
Tenemos las Dunas de Baní, uno de nuestros principales símbolos naturales; una costa encabezada por Salinas y la Bahía de Las Calderas; montañas, senderos y comunidades capaces de ofrecer experiencias distintas al tradicional turismo de sol y playa. A ello se suman historia, cultura, gastronomía y turismo religioso, con referentes como el Santuario de San Martín de Porres. Tenemos los tradicionales dulces banilejos y una identidad que ningún publicista tuvo que inventarnos: somos tierra de mango.
La pregunta, entonces, no debería seguir siendo qué tenemos. Eso lo sabemos desde hace tiempo. La pregunta que corresponde hacernos, con menos complacencia, es otra: ¿qué hemos sido capaces de hacer con todo eso?
Me la planteo no solamente como periodista, sino como banileja que durante más de una década ha observado, entrevistado y contado buena parte de lo que ocurre en esta provincia. Y cuanto más tiempo pasa, más difícil resulta aceptar que continuemos presentando como promesa futura recursos que llevan décadas frente a nosotros.
La discusión, además, no comenzó ayer. En 1995, mediante el Decreto 177-95, la zona costera de Peravia fue declarada Polo o Área Turística. Han transcurrido más de 30 años desde entonces y el esperado despegue turístico continúa ocupando discursos, planes, reclamos y conversaciones sobre el desarrollo provincial.
Y seguimos hablando de potencial.
Sería injusto decir que nadie ha hecho nada
Sería tan injusto afirmar que en Peravia nunca se ha hecho nada por el turismo como sostener que lo realizado ha sido suficiente. Durante estos años ha habido instituciones y personas que han mantenido vivo el tema y han apostado por desarrollar el sector desde sus posibilidades.
El Clúster Turístico y Productivo de Baní ha impulsado iniciativas y espacios de discusión sobre el desarrollo turístico. ADOMPRETUR Peravia ha contribuido desde la comunicación, la capacitación y la promoción de nuestros recursos. A esos esfuerzos se suman empresarios, gestores culturales, productores, ambientalistas y comunitarios que han comprendido que el turismo puede ser mucho más que una actividad recreativa: puede convertirse en una herramienta de desarrollo económico y social.
También existen iniciativas privadas que demuestran que hay quienes han decidido apostar. El problema, a mi entender, no ha sido la ausencia absoluta de esfuerzos, sino nuestra dificultad para convertir iniciativas dispersas en una visión compartida de destino.
Porque una suma de esfuerzos individuales no necesariamente construye un destino turístico. Para conseguirlo se necesita articulación, planificación, inversión y, sobre todo, continuidad. Hace falta conectar lo público con lo privado, las comunidades con los empresarios, la promoción con los servicios y los atractivos con experiencias que puedan ser realmente disfrutadas.
Una provincia no se convierte en destino por acumulación de atractivos. Una cosa es tener lugares que mostrar y otra muy distinta conseguir que quien llegue sepa qué visitar, cómo llegar, dónde comer, dónde hospedarse, qué hacer después y por qué debería regresar.
Una duna, por extraordinaria que sea, no construye sola un destino. Tampoco una playa, una montaña, una feria, un restaurante o un santuario. El visitante no debería tener que armar por sí mismo el rompecabezas turístico de una provincia.
Las leyes abren puertas; la gestión tiene que atravesarlas
En 2025 Peravia recibió dos reconocimientos importantes. La Ley 27-25 la declaró provincia ecoturística y estableció instrumentos para impulsar su desarrollo. Poco después, la Ley 36-25 declaró oficialmente a Baní como Capital del Mango, formalizando desde el ámbito legislativo una identidad productiva y cultural que los banilejos llevamos mucho tiempo exhibiendo con orgullo.
Ambas conquistas merecen ser valoradas. No son insignificantes y sería mezquino tratarlas como simples títulos. Pueden convertirse en herramientas para impulsar iniciativas, fortalecer nuestra identidad territorial y abrir nuevas oportunidades. Pero precisamente porque son importantes debemos comprender también sus límites.
Una declaratoria constituye un punto de partida, no el resultado final.
Una ley no coloca por sí sola la señalización que falta, no acondiciona un sendero, no diseña una ruta turística ni mejora automáticamente la calidad de los servicios. Tampoco conecta empresarios, crea experiencias o consigue que una persona que llegó por unas horas encuentre suficientes razones para prolongar su visita.
Ser provincia ecoturística y Capital del Mango amplía nuestras posibilidades, pero también eleva nuestras responsabilidades. Los títulos adquieren verdadero significado cuando detrás de ellos aparecen políticas, proyectos y resultados; de lo contrario, corremos el riesgo de incorporar nuevos reconocimientos al mismo discurso que llevamos décadas pronunciando.
Las leyes pueden abrir puertas. Atravesarlas requiere gestión.
Por eso la conversación ya no debería limitarse a celebrar lo conseguido, sino avanzar hacia lo que haremos con esas conquistas. El mango, por ejemplo, posee capacidad para trascender la extraordinaria celebración anual de Expo Mango y formar parte permanente de una experiencia gastronómica, cultural y productiva. De igual manera, costa, ciudad y montaña no deberían continuar percibiéndose como mundos separados si aspiramos a vender una experiencia territorial.
El verdadero desafío consiste en conseguir que una persona pueda llegar a Peravia sin contactos, sin conocer previamente el territorio y sin depender de recomendaciones improvisadas, y aun así encontrar información suficiente para organizar uno, dos o tres días de experiencias. Cuando podamos responder con facilidad qué hacer, cómo hacerlo y dónde encontrarlo, habremos avanzado mucho más que con cualquier catálogo de atractivos.
Pasar de enumerar a construir
Durante años hemos sido excelentes enumerando lo que tenemos: Dunas, Salinas, mango, montañas, cultura, gastronomía, historia. Lo repetimos porque es cierto y porque nos enorgullece. Pero ningún territorio puede vivir indefinidamente del inventario de sus posibilidades.
Quizás llegó el momento de dejar de enumerar y comenzar a conectar.
Eso exige que Gobierno central, Ministerio de Turismo, gobiernos municipales, Clúster, empresarios, organizaciones comunitarias y ciudadanía comprendamos que el turismo no se construye desde compartimentos separados. Cada sector posee responsabilidades diferentes, pero el resultado que recibe el visitante es uno solo: su experiencia en Peravia.
Necesitamos promoción, por supuesto, pero promocionar sin garantizar condiciones mínimas puede convertirse en un ejercicio contraproducente. La imagen atractiva que convence a alguien de venir tiene que encontrarse en el territorio con servicios, orientación, accesibilidad, conservación ambiental, infraestructura y experiencias capaces de responder a las expectativas que nosotros mismos creamos.
También necesitamos inversión privada y una mirada empresarial que entienda el turismo como oportunidad. Necesitamos comunidades involucradas no únicamente como escenario de las visitas, sino como protagonistas y beneficiarias de su desarrollo. Y necesitamos instituciones capaces de sentarse alrededor de una misma mesa sin que cada proyecto dependa exclusivamente de quién ocupa circunstancialmente una posición.
Sobre todo, necesitamos continuidad, porque pocas cosas hacen más daño al desarrollo territorial que comenzar de cero cada vez que cambia una administración, aparece una nueva iniciativa o desaparece quien impulsaba la anterior. Los proyectos de largo alcance tienen que sobrevivir a períodos gubernamentales, diferencias institucionales e intereses particulares si realmente aspiramos a construir un destino.
Peravia no necesita que sigamos descubriendo entre nosotros todo lo que posee. Lo conocemos, lo promocionamos, lo fotografiamos y llevamos años hablando de ello. Lo que necesitamos es transformar esos recursos en razones concretas para venir, quedarse y regresar.
Tal vez dentro de algunos años vuelva a escribir sobre el turismo de mi provincia. Cuando llegue ese momento, quisiera no tener que recurrir nuevamente a la palabra potencial, sino poder escribir sobre resultados.
Porque después de tantos años contando todo lo que Peravia puede llegar a ser, ya es tiempo de comenzar a contar lo que fuimos capaces de hacer con todo lo que siempre hemos tenido.

