Por Luisana Lora/ Opinion.
En comunidades como Las Yayitas y el Recodo donde la naturaleza, la tranquilidad y la vida comunitaria aún conservan su esencia, cualquier alteración que rompa con ese equilibrio se siente como una agresión directa al corazón del pueblo.
En los últimos días, los moradores del Recodo, una zona turística de Río Baní, han alzado la voz frente a una práctica que lejos de representar diversión, está causando preocupación, daños y temor: la circulación irresponsable de vehículos de alto cilindraje como four wheels y buggies a alta velocidad dentro de la comunidad.
El dirigente comunitario y propietario del museo multicultural Juan de Dios Soto, visiblemente afectado, compartió en video cómo uno de estos vehículos irrumpió frente a su negocio, levantando una nube de polvo que no solo empañó la visibilidad del lugar, sino que dejó una capa de tierra sobre todo lo que encontró a su paso. Y lo peor no fue la suciedad, sino el peligro: niños que juegan cerca, adultos que transitan, viviendas al borde de una tragedia anunciada.
Porque sí, aunque parezca exagerado, una desgracia puede ocurrir en cualquier momento si quienes visitan estas comunidades no entienden que están entrando en espacios habitados, no en pistas de carreras. La emoción de manejar un vehículo todo terreno no debe nublar el juicio ni apagar el sentido común.
Conducir con precaución no es solo una norma de tránsito, es un acto de respeto hacia los demás.
Las Yayitas-Recodo no es un parque temático. Es hogar, es infancia, es un lugar turistico pero todo en exceso no es prudente, es gente que vive y trabaja cada día con dignidad. Y quienes vienen a disfrutar de sus encantos deben hacerlo con responsabilidad, entendiendo que el turismo no debe atropellar la convivencia.
La reflexión es sencilla pero urgente: si la adrenalina de la velocidad pone en peligro la vida de otros, entonces no vale la pena. Se puede disfrutar sin dañar. Se puede visitar sin invadir.
Y en eso, todos tenemos un rol que jugar.

