En el corazón de Baní, en la calle Nicolás Heredia, esquina Duarte, se encuentra un pedacito de historia que se saborea en cada mordisco: las arepitas de Buren, un tesoro gastronómico que ha pasado de generación en generación. Lo que comenzó hace más de 60 años con doña Ramona Sánchez, fallecida hace tres años, hoy es un ícono de la ciudad, mantenido con orgullo por su hijo Luis.
El origen de estas arepitas se remonta a la época de los aborígenes antillanos y tiene raíces en las Islas Canarias, pero Baní la ha hecho suya, convirtiéndola en uno de los alimentos más trascendentes de la gastronomía local. Su nombre, “Buren”, proviene de la plancha de barro caliente en la que se cocinaban originalmente, la misma utilizada para preparar el tradicional cazabe. Y “de mano” no es solo un detalle: cada arepita es elaborada completamente a mano, con dedicación y cariño, preservando la esencia de esta tradición.
“Mantener viva esta tradición es un orgullo y una responsabilidad. Cada mañana siento que no solo vendo un alimento, sino que comparto nuestra historia con quienes nos visitan”, explica Luis, mientras coloca las arepitas recién hechas en pequeñas bandejas de venta.

Lo que realmente distingue a las arepitas de Buren es su proceso de horneado: antes de ponerlas en la parrilla, se envuelven cuidadosamente en hojas de plátano, lo que les aporta un sutil sabor ahumado y un aroma que invita a probarlas incluso antes de abrir la hoja. La textura se vuelve ligeramente crujiente por fuera y suave por dentro, mientras que el toque de anís y la dulzura equilibrada de la mezcla de harina, mantequilla, azúcar y sal hacen que cada bocado sea una experiencia única.
La fama de estas pequeñas delicias ha trascendido fronteras. Se cuenta que el entonces presidente Salvador Jorge Blanco visitaba el puesto en más de una ocasión para degustarlas. Hoy, su hijo Luis, con más de 32 años al frente del tradicional negocio, inicia su jornada desde las 6 de la mañana hasta el mediodía, vendiendo tres unidades por cincuenta pesos. En promedio, se venden entre 400 y 500 arepitas al día, lo que no solo mantiene viva la tradición sino que también genera un ingreso significativo para la economía local.
Comparadas con otras arepas de República Dominicana, las de Buren destacan por su aroma dulce y ahumado, su textura suave y su ligero toque de anís, que las hace inolvidables. Cada visita al puesto no es solo una parada gastronómica, sino una experiencia cultural, un encuentro con la historia viva del municipio y la memoria colectiva de su gente.

Más que un alimento, las arepitas de Buren son un puente entre generaciones, un sabor que narra historias de la ciudad y un símbolo de orgullo local. Cada mordisco es un homenaje a quienes trabajaron para que esta tradición siga viva, recordándonos que la cultura también se preserva con los sabores de la memoria y el cariño de su gente. Probar una arepita de Buren es, en definitiva, probar Baní en un bocado.

