Por Luisana Lora
Subir las escaleras de roca que conducen al Santuario de San Martín de Porres es más que un esfuerzo físico: es un acto de recogimiento. A cada paso, la brisa fresca golpea el rostro, la montaña se abre en silencio y el paisaje se mezcla con la fe. En lo alto, se alza la pequeña capilla construida entre 1978 y 1979, no por ingenieros ni maquinarias, sino por las manos callosas de los comunitarios de Las Tablas, que piedra sobre piedra levantaron un monumento a su devoción.
El sueño nació de la fe colectiva y de la guía del sacerdote canadiense Roberto Hymus, enviado a la comunidad para pastorear, pero que se convirtió en padre, amigo y arquitecto espiritual de su gente. Con ellos cargó piedras, mezcló cemento y dio forma a un templo en honor al “santo de la escoba”, protector de los pobres. Tanto fue el amor de Hymus por esta pequeña tierra del oeste de Baní, municipio de Matanzas, que al morir en mayo de 1995 pidió ser sepultado en la parte trasera del santuario. Allí reposa, en el mismo suelo donde entregó su vida y su fe.

En los alrededores aún se conservan las cabañas que otrora servían para recibir grupos de peregrinos, alojados por el propio sacerdote. Una explanada amplia, cercada con alambres de púas, permite que visitantes, familias y curiosos acampen, conviertan la visita en retiro espiritual o simplemente disfruten de la calma del lugar.
Pero lo que hace único al santuario no son solo las piedras que lo sostienen, sino el espíritu que lo habita. Lo confirma Héctor Báez, peregrino ferviente que cada año sube con devoción: “Aquí siento paz. Cada promesa que cumplo en este lugar me recuerda que la fe mueve montañas”. Su voz se une a la de cientos que acuden desde distintos rincones del país —y hasta del extranjero— para agradecer, pedir favores o cumplir promesas al santo moreno.

El calendario marca con especial fervor los días finales de octubre y el inicio de noviembre. El 3 de noviembre, día de San Martín de Porres, el templo vibra de vida: el repicar de los atabales se mezcla con los cánticos, las plegarias se desbordan en eucaristía, y las lágrimas de gratitud corren por los rostros de los feligreses. El santuario revive entonces su propósito original: ser encuentro entre el hombre, la naturaleza y Dios.
Más allá de lo religioso, visitar este rincón de Las Tablas es también un viaje turístico y cultural. La subida regala vistas espectaculares de la provincia Peravia; el entorno ofrece rutas para caminatas, descanso en la montaña y la oportunidad de conectar con la sencillez campesina de la zona. No es un templo monumental ni de grandes vitrales, pero sí un símbolo de cómo la fe de un pueblo, guiada por un sacerdote visionario, puede dejar una herencia que trasciende generaciones.

Quien suba hasta Las Tablas descubrirá que, más que un monumento, allí late la historia de un pueblo que convirtió su devoción en arquitectura. Y que en cada roca encajada a mano aún se escucha el murmullo de la fe que lo hizo posible.

