Hoy, que el mundo celebra el Día Internacional del Café, vale la pena mirar más allá de la taza que compartimos cada mañana y preguntarnos: ¿qué está pasando con el café que se produce en nuestras montañas de Peravia?
Lejos del romanticismo que suele acompañar esta fecha, lo que viven nuestros caficultores es un panorama de resistencia. Hace apenas unos meses, la prolongada sequía redujo hasta en un 50% la producción, dejando a las plantaciones debilitadas y a las familias productoras sumidas en la incertidumbre. Y aunque las lluvias recientes trajeron un respiro, llegaron demasiado tarde para revertir las pérdidas acumuladas.
Como si no fuera suficiente, la mano de obra también se ha convertido en un problema grave. La recolección del grano, históricamente sostenida por trabajadores haitianos, se ha visto limitada por las repatriaciones masivas, lo que encarece y retrasa el proceso de cosecha. El presidente del Movimiento de Cafeteros Banilejos (Movicaf), Jorge Guerrero, ya advirtió que la situación es alarmante y que sin un plan de respaldo, la caficultura en la provincia corre el riesgo de extinguirse.
Este panorama desnuda una verdad incómoda: el abandono institucional. Mientras en los mercados internacionales el café alcanza precios históricos, en Peravia nuestros productores no cuentan con el apoyo técnico, financiero ni logístico que requieren para competir. No hay créditos blandos accesibles, no hay un plan integral contra las plagas, ni una visión clara para desarrollar cafés especiales con denominación de origen, mucho menos programas de turismo rural que podrían convertir nuestras montañas en rutas del café.
El Día Internacional del Café debe ser algo más que hashtags y fotos en redes sociales. Es un llamado a la reflexión colectiva sobre lo que significa este grano para nuestra cultura, nuestra economía y la identidad agrícola de la provincia. El café no es solo una bebida: es el fruto del sacrificio de generaciones que han labrado la tierra en las lomas banilejas.
Si de verdad queremos brindar con orgullo una taza de café local, necesitamos instituciones que acompañen y respalden a los caficultores, políticas públicas que devuelvan esperanza al campo y una ciudadanía consciente del valor que tiene cada grano.
Hoy, más que nunca, el café de Peravia necesita apoyo para que no se quede como un recuerdo en la memoria de nuestras montañas.

