Titulares

    Baní, memoria viva: el turismo cultural que no podemos dejar morir

    Por Luisana Lora

    Baní no es solo dunas que se desmoronan ni playas que alimentan postales turísticas. Baní es memoria, fe y resistencia; es historia que late en cada callejón, en cada tambor, en cada templo levantado con sudor comunitario. Pero mientras el discurso oficial se llena la boca hablando de “desarrollo turístico”, lo cultural sigue relegado al rincón del olvido. Se vende la arena, se exhibe la playa, y se deja que la herencia más profunda se marchite sin remedio. La pregunta es ineludible: ¿vamos a permitir que Baní se quede sin alma, mientras se promociona solo como paisaje?

    Museos que claman por auxilio

    El Museo Multicultural Juan de Dios Soto no debería ser un acto de heroísmo personal, sino una política pública de orgullo y preservación. Allí están las piezas que nos cuentan de dónde venimos y hacia dónde podemos ir. Sin embargo, su permanencia depende del amor de sus custodios, no de la voluntad de las autoridades. Un país que presume de turismo no puede darse el lujo de ignorar a quienes sostienen con las uñas la memoria viva de un pueblo.

    Tradiciones que resisten al olvido

    La Sarandunga de La Vereda no es folclor de utilería: es espiritualidad, identidad y resistencia en movimiento. Es un grito colectivo que recuerda que Baní existe más allá de sus playas. Pero la Sarandunga sobrevive no por las instituciones, sino por guardianes como Confesor González y por una comunidad que se niega a rendirse. ¿Qué pasará cuando el cansancio venza a esos guardianes? Lo que se pierda entonces, no habrá decreto ni dinero que lo recupere.

    Espiritualidad invisibilizada

    El Santuario San Martín de Porres, levantado en medio de precariedades y convertido en refugio de fe, podría ser un eje poderoso para una ruta cultural-religiosa. Pero carece de promoción, de apoyo y de visión. Un templo así no debería ser solo destino de promesas individuales, sino también de políticas colectivas que lo reconozcan como parte del patrimonio espiritual y turístico de Baní.

    Un llamado ético

    El turismo cultural no puede seguir reducido a “atracciones” para el consumo rápido del visitante. No se trata de disfrazar la cultura para venderla, sino de preservarla para compartirla con dignidad. La ética del turismo está en decidir si convertimos la identidad en mercancía o en orgullo. Y esa decisión corresponde tanto a las autoridades como a cada ciudadano que calla o reclama.

    Memoria o silencio

    Baní tiene en sus manos la posibilidad de convertirse en un referente de turismo cultural sostenible. Pero sin políticas claras, sin apoyo real y sin visión, lo que hoy enorgullece será mañana apenas un eco sin voz. Apostar por el Museo Multicultural, la Sarandunga y el Santuario no es pensar en turistas, es pensar en nosotros mismos.

    La pregunta final es inevitable: ¿seguiremos tolerando que nuestra memoria se desvanezca como arena entre los dedos, o nos atreveremos a hacer de ella el corazón palpitante del turismo banilejo?

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