En el centro urbano de Baní, entre el movimiento cotidiano de la ciudad, sobrevive un espacio que guarda parte esencial de la historia local: el antiguo cementerio municipal. Sin embargo, su estado actual revela más abandono que memoria.
Construido a finales del siglo XIX, con portal y verja levantados entre 1890 y 1895, el camposanto fue durante décadas el principal lugar de sepultura del municipio. Hoy, su valor histórico contrasta con su visible deterioro.
La entrada principal, elaborada en hierro forjado y referida en crónicas locales como una pieza traída desde Estados Unidos, muestra señales severas de corrosión. En el interior, nichos fracturados, tumbas abiertas y sepulturas sin identificación reflejan el paso del tiempo sin mantenimiento continuo.
Los entierros se detuvieron en 1960 por falta de espacio, pero durante años las familias continuaron visitando y cuidando las tumbas. Esa tradición fue desapareciendo progresivamente.
Entre quienes reposan en el lugar figuran ciudadanos ligados a etapas importantes de la historia banileja y nacional, lo que confiere al cementerio un valor que trasciende lo funerario y entra en el terreno patrimonial.
Patrimonio sin responsable claro
La situación abre una interrogante sobre la responsabilidad institucional en la conservación de espacios históricos. Especialistas en gestión cultural sostienen que cementerios antiguos pueden ser considerados patrimonio por su valor arquitectónico, social y documental.
En Baní, el debate gira ahora en torno a si el cementerio viejo debe ser asumido dentro de las políticas de preservación patrimonial del Estado, más allá de la competencia municipal.
El caso recuerda que los espacios de memoria colectiva requieren planificación y voluntad institucional para evitar su desaparición.
Mientras tanto, el antiguo camposanto continúa deteriorándose, a la vista de una ciudad que crece a su alrededor.
Porque preservar la memoria no es solo mirar al pasado, sino decidir qué parte de la historia se quiere conservar para el futuro.

