Por: Estefanía Martínez
En una época donde las redes sociales han convertido la opinión en un espectáculo y la descalificación en una forma de protagonismo, conviene recordar una verdad tan simple como profunda:
¡Nadie da lo que no tiene!
Quien vive sembrando insultos, desprecio, odio o difamación, difícilmente puede ofrecer respeto, empatía o argumentos. Las palabras son el reflejo de lo que habita en el corazón. (Lucas 6:45: «De la abundancia del corazón habla la boca»).
Por eso, antes de juzgar a quien ofende, quizás debamos comprender que sus expresiones hablan más de su mundo interior que de la persona a la que pretenden atacar.
Vivimos tiempos en los que algunos creen que la agresión verbal es sinónimo de valentía, que humillar al otro genera reconocimiento o que destruir reputaciones otorga autoridad moral. Sin embargo, la historia demuestra que el verdadero liderazgo no se construye desde el insulto, sino desde la integridad; no desde la mentira, sino desde la verdad; no desde el odio, sino desde el respeto.
La Biblia nos ofrece una enseñanza que conserva plena vigencia: «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). Jesucristo no dijo que conoceríamos a las personas por sus discursos, sus seguidores o su popularidad, sino por los frutos de sus acciones. Los frutos son las evidencias del carácter: la trayectoria, la honestidad, la prudencia, la solidaridad, la justicia y el amor al prójimo.
Quien constantemente siembra división, calumnia y resentimiento está mostrando el fruto de lo que cultiva en su interior. En cambio, quien elige el respeto aún en medio del desacuerdo, demuestra fortaleza de carácter y madurez emocional.
Esto no significa que debamos renunciar al derecho de criticar, ya que es parte de la democracia de toda sociedad, sin embargo, esa crítica debe hacerse de forma responsable.
Lo que no tiene cabida es la ofensa gratuita, el ataque personal, la mentira deliberada o el lenguaje que degrada la dignidad humana. Se puede disentir con firmeza sin perder la educación; se puede defender una idea sin destruir a quien piensa diferente.
Cada palabra que pronunciamos deja una huella. Podemos construir puentes o levantar muros. Podemos inspirar o herir. Podemos contribuir al diálogo o alimentar el enfrentamiento.
Por eso, antes de responder con ira o descalificar a alguien, vale la pena preguntarnos: ¿qué fruto estoy mostrando?…
Porque, al final, las palabras pasan, pero el carácter permanece y como enseña el Evangelio, cada árbol termina siendo reconocido por los frutos que produce.
¡Nadie da lo que no tiene!
Quien lleva paz, ofrece paz. Quien alberga respeto, transmite respeto. Quien vive consumido por el rencor solo puede repartir aquello que domina su corazón.
La verdadera grandeza no consiste en tener la última palabra, sino en que nuestras palabras reflejen los valores que decimos defender.
….
● La autora es Directora del Periódico Digital Baní por dentro, con más de 20 años de experiencia en el ejercicio comunicacional.
● Miembro del Comité Ejecutivo Nacional del Sindicato de Trabajadores de la Prensa de República Dominicana, Afiliado a la Federación Internacional de Prensa, FIP.
● Dos veces Secretaria General de la Filial Peravia de este Gremio, (2017-2019 y 2019-2021).
●Miembro activa del Colegio Dominicano de Periodistas.

