Gritar “auxilio” y que no pase nada

Por Luisana Lora Perelló

Hay una escena que debería estremecernos más de lo que lo está haciendo: un hombre que, en medio de una persecución, se detiene frente a una autoridad y pide ayuda porque teme por su vida.

No fue una suposición. No fue una exageración. Fue una advertencia directa.

Y aun así, no cambió su destino.

Lo ocurrido el pasado viernes en Santiago no es solo otro hecho violento que se suma a la lista. Es una señal incómoda de hasta dónde estamos llegando como sociedad… y de lo poco que está funcionando cuando la situación exige respuestas inmediatas.

Todo se desencadena a partir de un accidente de tránsito. Un hecho común, cotidiano, de esos que ocurren a diario en cualquier ciudad del país. Pero lo que vino después dejó de ser cotidiano hace tiempo, aunque lo estemos normalizando: la reacción desproporcionada, la persecución, la idea de que el conflicto se resuelve en la calle y a la fuerza.

El conductor involucrado no desapareció sin más. Intentó protegerse. Buscó respaldo. Hizo lo que cualquiera esperaría que le salvara la vida: acudir a quienes están llamados a garantizarla.

No fue suficiente.

Minutos después, ya en las inmediaciones de una sede judicial otro espacio que debería representar seguridad fue alcanzado por quienes lo seguían. La agresión fue brutal. El desenlace, fatal.

Aquí no hay una sola línea de responsabilidad.

Por un lado, un grupo de personas que decidió actuar como juez y ejecutor, convirtiendo un incidente vial en una sentencia de muerte. Por otro, una respuesta institucional que deja preguntas inevitables: ¿qué falló en ese momento crítico? ¿Por qué una alerta tan clara no generó una acción inmediata?

Y en medio de todo, una realidad que se repite con demasiada frecuencia: la facilidad con la que los conflictos escalan en República Dominicana. Lo que empieza como una discusión termina, cada vez más, en violencia.

No es casualidad. Es una cultura que se ha ido formando entre la intolerancia, la falta de control y la creencia peligrosa de que la fuerza impone razón.

Pero hay algo más, algo que incomoda porque nos incluye a todos: la pasividad colectiva. En escenarios como este, abundan los testigos, pero escasean las intervenciones oportunas. Se observa y se graba más con los teléfonos celulares de lo que se actúa. Se registra más de lo que se evita.

Y mientras eso siga siendo así, la historia se repetirá con distintos nombres.

Lo más alarmante de este caso no es solo cómo terminó, sino lo que revela: que incluso cuando alguien identifica el peligro, lo comunica y busca ayuda, no hay garantías de que esa ayuda llegue a tiempo.

Cuando eso ocurre, el problema deja de ser individual.

Se convierte en una falla del sistema… y en un reflejo de quiénes estamos siendo como sociedad.

Hoy fue él. Mañana puede ser cualquiera que todavía crea que pedir ayuda sirve de algo.

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